El diseño en Latinoamérica responde evidentemente en primera instancia al diseño internacional, principalmente al europeo y al gringo. No obstante, Latinoamérica posee ciertas particularidades. Somos más culturales que industriales, es decir, tenemos más rasgos tradicionalistas que de avanzada, somos más espirituales que materialistas y si bien nuestra diversidad es marca esencial, nuestra pasión se impone sobre nuestra racionalidad. En este sentido, el diseño se tiñe de semejantes características.

El diseño pues en nuestra región es alma, café, bar, cantina, calle, barrio. Nuestro folclor se impone. La vida popular dirige nuestro diseño. Las fiestas, los festivales, las reuniones, la tertulia, la rumba conforman el cuerpo de nuestra identidad. Una y otra vez repitiendo el ritmo de nuestras músicas, el ritmo de los pases de baile, el enamoramiento y los celos. Solo bastaría que no nos tomáramos demasiado en serio para que la intensidad de nuestro ser no estuviera rebasando tan promiscuamente la frontera de la muerte.

No somos una cultura del miedo, por el contrario, más bien somos temerarios. Pero no somos lo suficientemente atinados fruto de la inconstancia y volubilidad. No somos pacientes y sin embargo nos repetimos una y otra vez. Queremos todo ya, o nada.

La poesía nos atraviesa desde los pies hasta la cabeza, desde el horizonte hasta nuestros cuerpos. La coherencia no es nuestro fuerte. El diseño en consecuencia debe ser el lugar donde la imagen desbordada que somos se estructure. No sabemos bien cuál sea nuestro diseño pero lo tenemos.

La historia que a trompicones y con mucho esfuerzo vamos escribiendo, contribuye a que el diseño mejore cada día, un diseño sin ingenuidades, un diseño comprometido, un diseño que no se ha detenido de preguntar más y más por sí mismo y su papel en la sociedad.

Tanto la tradición como la contemporaneidad alimentan el diseño latinoamericano. La poca historia no es impedimento aunque somos conscientes de nuestra juventud. Apenas empezamos a reconocer hitos, obras, escenarios, protagonistas y apenas estamos empezando a encontrar el hilo. Aún no estamos muy seguros de si somos buenos o malos. Apenas estamos definiendo los elementos mínimos que nos permitan entendernos. Apenas estamos empezando a multiplicar los hallazgos y las especulaciones. Aún somos pocos.

Hablar del diseño en Latinoamérica es inevitablemente en este momento histórico una invención. La diversidad mezclada con la pasión supera con creces cualquier simplificación afanosa que quiera acometerse. De cualquier forma, hay que elaborar también resúmenes y síntesis de lo extenso para poder acelerar los procesos de comunicación. Hay mucho de creación en todo esto y es porque tenemos que imaginarnos a nosotros mismos. Más que perfección necesitamos claridad. Debemos saber desglosar los constituyentes básicos de nuestra historia y no debemos quedarnos demasiado tiempo en la densidad de los datos. Son estas condiciones fundamentales las que debemos arriesgarnos a ir esbozando y ajustando por el camino.

El diseño en Latinoamérica es pues en primera instancia simplificación de la información. No se entiende en Latinoamérica un diseño oscuro como lo puede ser el arte. Aunque esta afirmación es polémica, también es evidente que el diseño en Latinoamérica debe ser popular. Como se ve, hay que tomar posiciones, y hay que arriesgar afirmaciones para poder avanzar. Alguien debe tentar el error para que haya un referente.

El Imperio Romano, las catedrales góticas, los Medicis en el renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo, los procesos de independencia en América, la apertura económica son hitos que nos llevan a través de lo que somos y cuentan la historia de lo que hacemos. Un inventario que dibuja nuestros rostro, un rostro diverso y apasionado que no da concesiones facilistas a las modas. Necesitamos orgullo si queremos reconocernos. El inventario es obligado para que Latinoamérica tome consciencia.

Por ahora nos concentramos en testimoniar el presente y atestiguar que el diseño en Latinoamérica sí existe y que su modo de sobrevivencia es el diseño de nuestra variedad, nuestra realidad local abierta a lo global, nuestro protagonismo, nuestra capacidad de impactar internacionalmente, de unirnos a los diferentes para reconocernos en el otro con mayor fuerza.

La imagen del diseño en Latinoamérica es pues la síntesis de lo global en lo local que encarna con contundencia en la evolución de nuestro espíritu festivo y poético. ¿Quién creería que la rumba y la palabra son la esencia latinoamericana y por tanto deben ser el eje del diseño? Todavía nos falta asumirlo con sobriedad[1]. Lo que se dice del diseño no es más importante que el quehacer mismo del diseñador porque el diseño es mucho más que reflexión. El silencio del diseñador acompasa su voz. El diseño hace parte del espíritu que tiende a lo mejor. Hay que simplificar y complejizar. La poesía y la fiesta nos lo enseñan. Debemos ser más perspicaces y creer más en nuestra malicia indígena. Ser no es solo tranquilidad, también es riesgo. El diseño existe y cumple mejor su papel cuando acepta con humildad el espíritu chispeante e intelectual de Latinoamérica. Nuestro ritmo yace en nuestra música y nuestra palabra. El Festival Internacional de la Imagen de Manizales y la revista Proyecto Diseño son dos ejemplos contundentes de esto.

El verdadero diseño Latinoamericano es y debe ser fiesta y poesía. Es conflictivo afirmarlo así pero se trata del espíritu de la latinoamericanidad. Preguntas hay muchas, o ¿dónde se ha visto que alguien desmerite una buena rumba y algo de conversación? El Festival de la Imagen y Proyecto Diseño convergen en lo que el diseño en Latinoamérica puede ser y es. Felipe Cesar Londoño (Director del Festival de la Imagen) e Iván Cortés (Director de la revista Proyecto Diseño) se inscriben con contundencia en esta historia. Al interior de estos dos espacios, muy a pesar incluso de la prudencia que estos protagonistas quieran guardar, se cuece la respuesta a cuál es el diseño latinoamericano. 2008 es 2009, 2010, 2011, 2015, siempre futuro. Podemos imaginarnos el porvenir pero lo difícil es ir hacia él. Este ensayo lo deberían estar escribiendo Felipe e Iván, o un europeo o un gringo pero es tiempo de que las voces se multipliquen. Pasión contra razón, pero una pasión que pueda ser razón.

En conclusión Latinoamérica somos nosotros, los que vivimos, los que bailamos, los que cantamos. El diseño latinoamericano es esto mismo. Nos queda el desafío de seguir siendo lo que somos y superarnos. Tenemos la responsabilidad de despertar al interior del sueño latinoamericano y conquistarlo, detener la matanza, usar nuestro empuje para armonizarnos, estructurar el calidoscopio de nuestras volubilidades. Estamos retados ineludiblemente a convertir nuestra insistencia en paciencia y nuestra intensidad en humildad.



[1] Revisar al respecto los resultados arrojados por el reciente proyecto Economía y Cultura del Convenio Andrés Bello.