La Coctelera

JAMES DELGADO

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19 Septiembre 2008

ECONOMÍA CULTURAL EN LA ERA INFORMÁTICA

OBJETO DE ESTUDIO INICIAL: La relación entre Cultura y Economía en el marco de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTICs).

Hablar de la relación entre economía y cultura en Latinoamérica implica dos direcciones diferentes en la actualidad. Por un lado aquella que ve en la cultura un nuevo valor económico y por otro la que nos muestra el alto grado de inequidad, la famosa brecha entre ricos y pobres que aumenta cada día en todo el mundo sin que aparezca hasta ahora ningún cambio importante. El primero positivo, el segundo negativo, la cultura puede ser nuestra ventaja y también nuestra desventaja. Mientras podemos proyectarnos con esperanza desde nuestra riqueza cultural, también podemos usar esa misma potencia contra nosotros mismos. Es pues esta naturaleza doble la que debemos mirar con cuidado para entender mejor la relación entre economía y cultura y lo que puede depararnos, saber considerar tanto nuestras virtudes como nuestros vicios.

Se empieza a aceptar ya que la cultura no puede reducirse a cuidar la tradición y debe optar por un concepto más amplio. El siglo XX mostró que la homogeneidad no es rentable y es difícilmente gobernable, por el contrario, tanto las mayorías como las minorías deben entrar en contacto. En el momento actual del mercado nos estamos moviendo de una mera estandarización de productos, hacia la diversidad. No obstante, existen monopolios que impiden la participación de la mayoría en el uso y distribución de la cultura: «Desde la década de 1990, seis empresas transnacionales se apropiaron del 96% del mercado mundial de música (las majors EMI, Warner, BMG, Sony, Universal Polygram y Phillips) y compraron pequeñas grabadoras y editoriales de muchos países latinoamericanos, africanos y asiáticos.»[1]. Pocos entendemos o queremos entender las implicaciones que dicha situación provoca. La propiedad intelectual atesorada por estas grandes empresas reduce el derecho de acceso a la cultural a un mero juego de negociaciones económicas. Hoy los creadores pueden llegar a ser demandados por piratearse a sí mismos dado que los derechos de sus creaciones pueden no pertenecerles.

Como se nota pues, la relación entre cultura y economía no es simple. La Economía, que básicamente se funda en dos temas sustanciales, la eficiencia y la equidad, ha dejado a un lado el tema de la equidad y esto merece evidentemente una fuerza que contraste semejante desigualdad. «Las nuevas estrategias de división del trabajo artístico e intelectual, de acumulación de capital simbólico y económico a través de la cultura y la comunicación, concentran en Estados Unidos, Europa y Japón las ganancias de casi todo el planeta y la capacidad de captar y redistribuir la diversidad.»[2] Se vuelve necesario buscar un equilibrio entre los países fuertes económica y tecnológicamente y los países dinámicos en producción cultural.

En principio, aunque no sea nada nuevo, debemos tener en cuenta que la cultura no es en la actualidad un lugar de inversión seria, sin embargo, ciertas producciones culturales gastan cantidades astronómicas de dinero. Existe evidentemente una cultura de grandes inversiones y otra de pequeños incentivos. Una cultura de grandes empresarios y otra del ciudadano común donde la primera condiciona cada vez más la segunda, y donde la mayor tiende a devorar la menor. Surge la pregunta, ¿es posible cambiar este orden de cosas?

Para nadie es un secreto que la tremenda riqueza cultural de los países subdesarrollados no se valora aún adecuadamente desde el punto de vista económico. La desigualdad entre quienes producen cultura y los que logran darle valor económico es inmensa. El cine, por ejemplo, es un claro modelo de cómo algunos países imponen sus valores culturales en otros al mismo tiempo que se niegan rotundamente a dejarse permear por valores culturales ajenos, negocio redondo y desigual a favor del monopolio. Es realmente avasallador.

El caso del cine es bien oscuro. No hay una explicación clara de cómo son reducidos importantes países productores de cine a minorías. Parece que no pudiéramos determinar una estructura más equitativa y entonces ¿cómo contribuir a mejorar dicha situación? Una de las propuestas es que analicemos la cultura de modo similar al tema del medio ambiente. En este sentido se empiezan a desarrollar ideas que elaboran planteamientos como el siguiente: «En favor de una consideración no sólo económica del desarrollo cultural, se señala que la cultura y las comunicaciones contribuyen al desarrollo comunitario, la educación para la salud y el bienestar, la defensa de los derechos humanos y la comprensión de otras sociedades.»[3] Se alega por tanto que la cultura transversaliza las diferentes facetas de la especie humana puesto que el ser humano es animal simbólico como bien lo plantea Ernest Cassirer.

Si alguna faceta del ser queda aislada de los procesos culturales se presenta en consecuencia un deterioro del espíritu y por tanto defender la diversidad cultural se ha convertido en asunto prioritario. Las producciones culturales que no hacen parte del monopolio requieren un ambiente propicio donde desarrollarse, las fronteras culturales en la actual época de las telecomunicaciones no pueden administrarse como antes. Se trata por el contario de permitir que la producción cultural diversa circule con mayor facilidad para conectar todo un conjunto de producción dispersa. Cada región debe descubrir su específico potencial cultural e imaginar diferentes estrategias de inversión.

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación juegan un papel protagónico en este orden de ideas. La cooperación internacional, las redes de apoyo, educación en desarrollo sostenible, y aprovechamiento de la internet forman parte del paquete necesario. Así pues, la cultura no puede ser un simple negocio de generación de valor económico de suerte que debemos aprender del fracaso que la apertura económica tuvo en proveer una oferta cultural más amplia y diversa. La economía y la cultura no pueden seguir siendo extraños el uno para el otro. La inversión económica en espacios culturales viene creciendo continuamente en los últimos años, pero esto no implica necesariamente algo positivo para la cultura porque el razonamiento de los procesos culturales debe estar complementado con una visión equilibrada abanderada tal vez por el tipo de humano que Calos Alberto Ospina nos sugiere: «Estamos hablando de una hombre culto, es decir, de alguien capaz de comprender y de estar de acuerdo con la naturaleza humana; capaz de atender tanto a la generalidad abstracta de la razón como a la generalidad concreta de la existencia humana cotidiana que es flexible, moldeable y que responde a una legalidad y lógica diferentes a las leyes universales; hablamos, entonces, de un ser humano que ha desarrollado de nuevo el pensar razonable y la sabiduría del sentido común, el mismo que desde Platón fue desacreditado como fuente genuina de saber, pero que el incesante flujo de la vida jamás ha dejado de reclamar como el único sentido que corresponde a sus fines y objetivos y el único capaz de interpretar todas sus manifestaciones, aún las más sensibles y pasionales, como el vibrar del espíritu, no de un solo individuo, sino de la humanidad entera».

Empezamos a comprender que la cultura necesita tanto de la economía como la economía de la cultura. Es esencial que se analice con mayor detenimiento los procesos de producción cultural y que la cultura se haga más consciente de la importancia que está ganando para la economía. Cultura y economía principian el descubrimiento de un puente sensato entre las dos. Producir cultura es cada vez más producir valor económico sin el prejuicio de considerarlo por ello como su único valor. Los estudios económicos no son ajenos a la producción simbólica. Economía y cultura hace tiempo que están juntas pero solo recientemente con conciencia por parte de las dos.

La producción simbólica para ser buena requiere un ambiente propicio, esta es la idea más pertinente en cuanto a tal relación, además, la carga política del discurso cultural pone sobre el tapete el derecho participativo del ciudadano común. La cultura es un mapa que traza el devenir humano y en consecuencia, no puede ser solo un negocio. No podemos permitir que lo único que pese en la circulación de bienes culturales sean razones económicas. La economía debe ser humanizada y la cultura, de igual forma, debe ser valorada económicamente. La cultura contemporánea juega un papel importantísimo en la economía que no se le reconoce plenamente. Un estudio riguroso de la relación entre economía y cultura es obligatorio, y las particularidades que en este tema protagoniza la actual era telecomunicativa.

No podemos pensar la relación entre economía y cultura en la actualidad sin pensar las peculiaridades de las NTICs (Nuevas tecnologías de la información y la comunicación) y el tema de derechos de autor. Estas dos cuestiones completan el sistema que permite una relación concreta entre cultura y economía. Se busca con esto conformar una esfera pública más amplia y potente. El tema de la televisión es un ejemplo de vital importancia, en el caso de Colombia sobre todo en la producción de melodramas. Habría que buscar una conexión entre nuestra televisión colombiana de monopolio nacional y las posibilidades de producción liberada. La internet una vez más suena como gran oportunidad. Hay que evitar que el esquema monopólico internacional se replique en pequeña escala a nivel nacional o regional.

Los blogs, youtube, facebook, myspace conforman el nuevo horizonte tecnológico (la llamada WEB 2.0). Hay que estudiar también estos casos puesto que la posibilidad de conformar una relación equilibrada entre economía y cultura depende mucho de ello. Las redes sociales virtuales configuran el cuerpo del ciudadano posmoderno, redes sociales y protección de derechos de autor genera la combinación perfecta para sacar el mayor provecho. Vamos dibujando así una salida posible. Vamos ganando poco a poco nuestras propias luces para seguir adelante con fuerza. Mientras los monopolios continúan su defensa, la creatividad humana genera caminos alternativos.

El dominio público en consecuencia es fundamental en esta ecología cultural que implica su relación con la economía. Pero ¿cómo dinamizar la participación efectiva? Es claro que no solo desde el Estado, y es aquí donde hace su entrada la nueva era de las telecomunicaciones. El Estado, las empresas y sectores independientes están convergiendo. La diversidad que se exige para poder adentrarnos en la construcción de un mundo mejor está siendo posible gracias a las nuevas tecnologías. Evidentemente aún hay mucho por hacer, y gracias a estos nuevos medios es cada vez más clara la situación general en la cual vivimos y sobre la que hay que actuar. El mundo está organizado para que aún no sea posible más equidad, pero a pesar del silencio al que han sido sometidos la mayoría de campos de la cultura, esta sigue íntimamente su proceso.

Añadamos a lo anterior la importancia de la cultura para la formación de ciudadanos democráticos. En la actualidad los campos donde la ciudadanía se despliega se han ampliado, y debemos reclamar con ímpetu el acceso a la producción cultural. En un mundo donde la cultura se convierte cada vez más en valor económico, el acceso es esencial para todos. En este punto es importantísimo tener el mayor de los cuidados. Se trata de un conjunto de características mínimas que se requieren para poder ejercer realmente la ciudadanía. La información, por ejemplo, es esencial. Acceso y capacitación. El Estado nuevamente salta al centro de la discusión en términos de responsabilidad para forzar el equilibrio entre economía, sociedad y cultura. Públicos y ciudadanos son dos caras de la misma moneda donde cultura y economía inevitablemente se encuentran. Formatos digitales y redes tecnológicas son el soporte de la sociedad actual. Cultura y economía se equiparan porque ya no podemos seguir viviendo sin hacer algo por la equidad. Es por eso que la interconexión no debe ser excluyente. Todos estamos implicados en este compromiso donde cultura y economía ya no pueden ser pensadas aisladamente.

CARACTERÍSTICAS: Contradicciones, diversidad, complejidad, desigualdad, conflicto, absurdos, transversalidad, fuente de identidad, fundamentos de la humanidad, propiedad intelectual, creatividad, construcción de sentido, medio ambiente, desequilibrio, crisis ecocultural, desarrollo, comunidad, educación, salud, bienestar, defensa de los derechos humanos, comprensión, sociedad, ciudadanía contemporánea, intersubjetividad, espíritu, telecomunicaciones, posmodernidad, valor cultura, cooperación internacional, redes de apoyo, sostenibilidad, internet, valores, tradición, inter e intrageneracional, productividad, consciencia, símbolos, humanismo, creación, democracia.

PREGUNTAS: a) ¿Qué podemos hacer para resistir al monopolio cultural que el poder económico impone?; b) ¿Por qué proteger y contribuir a la diversidad cultural?; l) ¿Qué cambia y qué oportunidades y peligros nuevos genera para la cultura la actual era de globalización y las telecomunicaciones?

PROPUESTA METODOLÓGICA: Con respecto a la pregunta a) ¿Qué podemos hacer para resistir al monopolio cultural que el poder económico impone? Propongo analizar las lógicas del sistema de derechos de autor tradicional y los nuevos sistemas emergentes de propiedad en las redes virtuales, dado que como bien se sabe la mercancía esencial en la sociedad de la información es el conocimiento, eso sí, siempre y cuando haya claridad con respecto a las particularidades de la llamada Propiedad Intelectual, asunto que es absolutamente necesario para poder pensar posibilidades con respecto a la pregunta planteada.

AUTORES DE REFERENCIA: Nestor García Canclini, Carlos Alberto Ospina, Lawrence Lessig y David Throsby.




[1] CANCLINI, Néstor García. Todos Tenemos Cultura: ¿Quiénes pueden desarrollarla?, PDF, http://www.iadb.org/biz/ppt/0202405canclini.pdf, p 3

[2] Ibid., p 4

[3] Ibid., p 6


Tags: cultura, economia

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